CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO – Por Sebas Abdala
Domingo 21 de septiembre, noche fresca y ganas de seguir dando vueltas por Baires. Arranqué hacia el C.A.F.F., convocatoria imperdible para ver un trinomio de la escena del Tango Nuevo. Se presentaron, en orden de aparición, Umbrales Quinteto, Orquesta el Desarme y Orquesta Típica Noctámbula.
Abrió Umbrales Quinteto, piano, contrabajo, viola, guitarra y clarinete bajo. Las palabras a veces me resultan cortas o carentes del sentido que quiero transmitir en determinadas circunstancias, sobre todo ante la complejidad, natural y simple, que imprime este quinteto a su Cosmovisión, si me permiten el término, del Tango y Folclore contemporáneo. La propuesta es una construcción basada en reinterpretaciones propias a través de escalas y tramos de escritura que te tiene en vilo todo el tiempo. La combinación de vientos graves y profundos, como genera el clarinete bajo (una maravilla de instrumento), combinado con la viola y el piano en tonos medios o altos, y el contrabajo, te someten a una introspección donde, la guitarra, inevitablemente, termina de arremeter en un ambiente donde, contra todo pronóstico, se perciben chacarera, milonga y ritmos bien criollos. Una velada esencia de Jazz recorriendo algunas milongueras interpretaciones, más el temple con el cual el piano se queda en silencio en momentos adecuados, generando una pausa casi teatral, te hacen percibir que el talento está presente, pero Umbrales no se conforma con ello, le da una vuelta más, intentando explorar melodías que se hacen una tromba que te conmueve. Estrenaron tema y todo, pero la verdadera joya, según la percepción de quien les escribe, fue el final con un tema dedicado a Piazzola “Pantaleón”. Impecable. Complejo. Abrumador. Muchas veces hago referencia a la locura que se mete un poco en los rincones de mentes inquietas para darle ese toque especial que nos hace Tangueros… bueno, Umbrales Quinteto tiene un aroma que recomiendo como ejercicio de claridad mental que puede percibir, cada vez, mas incentivos a crecer y disfrutar propuestas arriesgadas. Excelente comienzo.
Un breve cambio de posiciones y a escena El Desarme Orquesta, violinada, contrabajo, piano bandoneón y guitarra eléctrica, oscura, al fondo, con un amplificador a resguardo en las tripas del piano. Una potencia bien armada y regulada al compás de un timing clavado. El cambio de propuesta levantó la temperatura, eficacia de la dupla de bandoneones y un piano seco y cruel. Los violines y el contrabajo dando brillo a buena velocidad. Y me detengo un instante en la oscura presencia de la guitarra, diría, apenas electrificada. Un sombrío estertor que aportaba la particularidad de la orquesta. Los recursos, para quienes sean músicos, les parecen detalles que complementan las líneas escritas. Para quienes no lo somos, al verlos en directo, nos hace entender que, el trabajo de aportar esos detalles, generan ambientes que nos transportan a diferentes momentos personales. Me hizo acordar a esos bluseros rotos que tocan con el hígado, a ciertos años donde los recursos técnicos eran escasos aunque más baratos… A ese tufo a horas de estar encerrado solo, buscando la nota precisa, deformada o arrastrada con acento del sur porteño. Cosas que se le ocurren a uno en plena bofetada de tango un domingo de cerveza negra. Estrenaron tema, acorde a la situación actual. “Hambre”, una carga de furia y milonga que encontramos en cada esquina, en cada marcha. El puño en alto, firme, haciendo que el tango sea militancia y reclamo. Una voz cargada de angustia y bronca, esa misma que las murgas porteñas cargan. Cierre clásico, y deleite para los amantes de la melancolía: “Zum” y “Fumando espero”. Impecable.
Deuda pendiente en mi agenda de cosas por escuchar (en directo) : Orquesta típica Noctámbula. Caras conocidas que por fin puede encontrar en plena ejecución. Cada instrumento fue un sonido delicado, preciso, pero de fuerza, de alma. Un muro delante, con tres jinetes y una amazona de bandoneones del apocalipsis, flanqueados por el chelo, eran la muestra primaria de la entrega de la orquesta. El chelo, apasionado en su romance con las cuerdas, el piano con la calma clara de la que sabe que todo llegará, un contrabajo con esas señales de estar en conexión con la atmósfera, y el grupo de violines, me dejaron con esa carga en el pecho por lo brillante de un todo que, sin necesidad de expresiones técnicas, hicieron un cierre perfecto para la noche. La selección de músicas fue perfecta, desde el barro más Buenos Aires, a las imprecisas melancolías propias de quienes no saben si seguir amando o dejar de amar. Una muestra de este catálogo fue Alejandro Guyot interpretando dos tangazos, con su furibunda presencia que se come el escenario, su vozarrón y su gestualidad que te envuelven y casi conmocionan. Trascendental. Siempre se me hacen cortos los tramos donde la orquesta me subyuga por varios factores, ya no es un tema simplemente de contarles lo que cada uno hace, como lo hace, lo jóvenes que me parecen todos y todas (eso debe ser por percepción realista de mi edad), pero sí ajustarme al discurso que se plantea, a la intención de gentes que, lo que ejecutan, lo hacen desde un respeto supremo. Interpretaciones delicadas, ajustadas a tempos y pequeños detalles que los hacen un grupo que funciona como falange, y deja destellos de esperanza en una época oscura. Las energías con la que se vuelcan y hacen homenaje a la historia, los convierte en una promesa de que todo lo nuevo, también funciona. Esta historia del Tango Nuevo, es tuya, mía y de toda la ciudad: pero sobre todo me parece que le pertenece a los músicos y músicas que se suben a cabalgar este rayo plateado, porque, en el tiempo, quedará el legado de los que se suben a escena para hacer, simple y complejamente, el Tango que son.