REVISTA EL SORDO

CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO: Cuerdas del Plata

CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO – Por Sebas Abdala

La particular orquesta Cuerdas del Plata ha cerrado por este año el ciclo de presentaciones de sus trabajos con la participación de Mariana Michi, siendo el último en el Teatro San Martín. Debo decir que me genera una cierta tristeza, porque creo que determinadas obras deberían estar disponibles sin límite de tiempo, así como se ingresa a un museo y puede ver cuadros de Quinquela Martín, o todos los martes puede escuchar a Astillero en Pista Urbana. Caprichos que no me parecen tan fuera de tono, aunque la implicación técnica tal vez sea el mayor impedimento, voy a justificar este deseo/necesidad con metáforas, porque la calidad técnica de la Orquesta me supera.

Cuerdas del Plata es una lluvia de gotas cristalinas que demuestra la interacción más profunda entre la música y la lírica armónica de violines, violas, chelos y contrabajo, haciendo un ejercicio a primera vista natural, pero detrás, en las partituras, terriblemente complejo. Me conmueven, sinceramente, los comentarios del público al decir que estaban embelesados por la presencia constante de una música que, dentro las variaciones, mantenía una constante matemática, purista y sencilla. En el concierto brindado en Hasta Trilce, con la magia de catacumba del teatro, las brumas y la oscuridad azulina de la noche, pensé, en la inmediata apertura del concierto, en esas serpientes que hipnotizan a sus presas con un siseo mágico; para luego arremeter sin piedad con una contundencia tanguera solvente y sin fallo alguno. Toda la melancolía porteña escrita por Pétalo Sélser en las melodías sigue siendo una vorágine que, durante los cincuenta minutos del show, te pasean por una sutileza de sacerdotisas, donde conecta continuamente con cada integrante a través de gestualidad cómplice, con sonrisas y leves movimientos de ceja. Cuando tengo la suerte de ver un recital donde hay quince integrantes, mi capacidad de atención se magnifica para intentar apreciar la intervención de su instrumento a lo largo de la velada. Es un ejercicio que me hace sentir agradecimiento cuando todo cae a la perfección, acompasado, cuando me doy cuenta de que está todo tan elaborado y no hay nada que pueda pasar, en ese instante, en el lugar donde estén tocando, que los saque del compás, de la interpretación con un trocito de alma que le dejan a cada tema. Eso es lo que yo, intuyo, es la Vida brindada al Tango. Cuando cada armonía, nota y música, te atraviesa con esa tanguedad plateada que ejecuta Cuerdas del Plata.

Ahora toca que les cuente sobre Mariana Michi y, de verdad, me voy a explayar lo más llanamente posible. En cuanto sube al escenario se me aparece una imagen de una piba que en cualquier momento va a tirar una patada murguera al aire. Su impronta, su naturalidad de rea callejera de Barracas o Pompeya, te entra, perdón que me repita, como un viento sudeste que te da evocación y alivio. Su voz es potente, clara. Su dicción es acertadísima y nada forzada, vive los tangos, expresa las letras, es estrella de este Buenos Aires gris que despide otro invierno, que requiere más de interpretaciones contundentes como Deriva, Barracas sin luna o Sombras y noches.

Ahora dejenmé que les diga lo que más me emocionó: lo que ocurre cuando interpretan Ocaso es de una poesía que sí me deja sin metáfora alguna. Cuando los arcos de la orquesta tocan el suelo, cuando se miran y cuentan, cuando esas pequeñas gotas comienzan a elevar tu percepción, cuando entra Michi… Todo es perfecto. Es poética como lenguaje universal, es Buenos Aires y la apertura total del Tercer Ojo que te repiquetea indicando que la Magia está pasando frente a vos.

Hace unos años, muchos como para que recuerde cuántos, conversando con Horacio Salas, en un tramo bastante emotivo, me dijo que la oscuridad vivida en los años de Plomo buscó con crueldad más absoluta, arrancar, por encima de todo, la femineidad de las artes, de la sociedad, y no era una metáfora. Estoy seguro que de haber podido ver a Cuerdas del Plata se sentiría orgulloso de ver que no lo han conseguido.