REVISTA EL SORDO

CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO: Quinteto Criollo González Calo + Juan Seren

CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO – Por Sebas Abdala

Fueron miradas mudas

huellas signadas al dolor

sueltas de tanto olvido

ciertas para borrarme en vos.

Cancion que no – Serén/González Calo

Las presentaciones en directo suelen dejar una sensación de compleja fraternidad; estamos todos a una, a la espera de quedar expuestos ante el rayo del Tango Nuevo, que todo lo abraza, que todo lo toca. Las cuerdas del Quinteto González Calo tienen esa urbanística edificada en tramos con armonías bien de calle, que suenan a la perspectiva algo melancólica con una mirada del caradura que conoce cada esquina y su maldad. Si a esto le sumamos la poesía de Juan Serén tenemos un perfecto recorrido por amores e historias de barro, por bares y mística. Todo esto para presentar su más reciente trabajo “Escaleras, candilazos y baldíos”, en el ciclo organizado por Revista El Sordo, en HastaTrilce los sábados por la noche.

Las dos guitarras principales, que también juguetean con ese tango de calle, de estar tocando al lado de una fogata en un barrio alejado (o en un piquete) mantienen la luz de la presentación casi al completo, no tienen descanso y van jugando compartiendo notas y estribillos armados. Son punteos clásicos, con la prestancia de participación en juegos que van como repiqueteando en techos de zinc, pero con esa cosa dúctil y técnica que mantiene la profesionalidad al máximo.

El contrabajo aquí se permite ir un poco más al juego de percusión, o a tirar algún juego que aporte misterio y bruma a los tangos que van arreando el set, porque el guitarrón que lo segundea va merodeando entre las armonías, reforzando la presencia con una vocación más de bajo que rítmica, más de sostener esas cadencias, pero con una presencia que, aunque va ensamblada por completo, tiene una participación fundamental. Estos detalles que comento, van ligados simplemente a mis neurosis de intentar desarmar algunas partes que están puestas allí, justamente, para formar parte de un todo.

El fuelle, el bandoneón, ese sonido tan nuestro, que se larga a liderar al quinteto, parece estar afilado y con la mente puesta en emitir una señal que, tal y como ellos se describen, es una de las nuevas formas de criollismo. La magia de la ejecución va variando entre suaves melodías tiernas y tristes, a enojos más callejeros, de morder el labio y no cerrar los ojos ante injusticias sociales que nos quieren hacer acostumbrar porque sí. Ese humor ácido de González Calo, a veces, pareciera colarse por algunos entramados de las partituras y ser bien recibido por los oyentes.

Cada vez que sube Juan Serén a cantar ocurren cosas, y principalmente me refiero a pequeñas puñaladas que asesta con esa voz de aguardiente matutino, que imposta y trae, en los pasajes de su narrativa. Cierra los ojos, levanta la mano y señala allá, allá lejos, donde

ocurrieron las miradas curtidas que saben declarar una acción como afrenta y no olvidarla. La implicación del cantor con las cuerdas y fuelle transmite una cercanía casi fraternal. La interpretación de “Rocanrol”, nos llega con la nostalgia de una interpretación descriptiva que es un viaje. Con “Amor carancho” o “Triunfo Obrero” destapamos el Ferné, y entre idas y vueltas la orquesta te tira “Torque” o “Cadorna”, y el cierre con Polka y las copas en alto “Porque somos los mejores borrachos” es el cierre a una noche perfecta.

De mis pequeñas joyas, cosas que me quedan grabadas en mi cinismo literario con el desamor y Baires: “Canción que no” es la poética perfecta de dejar de estar. El ser sin ser, la llovizna que te abraza cuando ya nadie te escribe… La eficacia de la música, junto a los versos de Serén, representan la dignidad del desamor; si acaso existe dignidad allí.

La clase de personas que gozan de contar sus cicatrices como experiencias vividas y que los han hecho cada vez más fuertes deberían escuchar al Quinteto Gónzalez Calo acompañado de Juan Serén, allí tienen un mapa que los hará sentirse acompañados