REVISTA EL SORDO

CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO: Astillero

CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO – Por Sebas Abdala

INTRO

Me serviré de varias licencias literarias para dirimir las perspicacias mentales que escribir
estas crónicas me producen. Espero tengan la paciencia para seguirme en el ideario
existencialista, y desde ya mi más profundo agradecimiento a todas las personas que han
leído esta columna.
Astillero, en vivo: el texto más complejo que vivo este 2025. Mejor comenzar con un trago
y, simplemente, escribir, casi, como una confesión y listo. Porque si supieras la cantidad de
veces que comencé estas líneas. La de improntas metafóricas que fui descartando porque no
me parecían lo suficientemente acertadas para describir a Astillero. Y al final escribo, estas
líneas, desde diferentes lugares, con trozos que apunté mientras los observaba. Alegorías
disímiles y algo confusas, mientras, a mis espaldas, la orquesta se preparaba para bajar a
escena, otra noche, otro martes a hacer que ocurra el fuego. “YA PE YU”: palmas arriba
antes de salir a tocar, escuché que decían, uno de los tantos martes que estuve allí. Me di
media vuelta, y los vi en círculo, controlando las manos sobre el regazo de un juego que
llevaba años sin… sentir. Muchas orquestas, bandas, grupos, tienen una cábala o ritual
antes de salir a escena. Dentro del mundo del Rock está nombrar a Pugliese tres veces.
Otros entrar a escena saltando sobre el pie derecho. Y otros nada. Pero estar sentado allí,
tomando apuntes antes de que todo ocurra y escucharlos “YA PE YU” me desorientó aun
más de lo que andaba por aquellas frías noches de Baires cuando esta columna para revista
El Sordo era, apenas, un esbozo. Parece que no, pero toda estructura que tenía planeada en
esos momentos para escribir acerca de Astillero… se esfumó. Entonces nada mejor que
contarte que no escribo estas crónicas con atisbo alguno de hacer comentarios técnicos o
críticos. Si no que me voy dejando miguitas a mí mismo, para encontrarme en el camino del
que intenta dejar constancia de un Movimiento; viviendo en algún lugar medio muerto
entre el Death Metal Progresivo y el Tango. Desde abril que, intento, apuntar algo, al
menos, en una poesía que describa la referencia que ES Astillero. Pero una noche de
martes, en Pista Urbana, tuve la suerte de sentarme junto a Clint, un asiduo ciudadano
habitué (me encantan las aliteraciones) del Tango Nuevo. Y entre notas comparativas de
tipos que saben bien lo que les gusta y no, y no están del todo seguros de lo que quieren,
me preguntó si ya había escrito acerca de Astillero. Con algo parecido a la vergüenza, le
dije que apenas tenía un esbozo de poema, y que no había adiestrado mis sensaciones y
respuestas emocionales a la hora de poder… decir algo acerca de la orquesta que no
estuviera dicho. Le comenté que incluso entrevisté en mi programa de radio a Peralta,
primero, a Calo, más luego y que ni siquiera así podía encarar una manera de imprimir un
perfil. Dimos un sorbo profundo a nuestros refrescos, con la vista puesta en el piano y
mientras comenzaban a sonar las campanadas rituales de Pista, me dice, como al pasar:
–Es que llevan veinte años juntos. Bueno, con variaciones en la formación. Pero veinte
años como orquesta sin rupturas, ni disoluciones, debe haber pocos ejemplos en la música
de bandas que hayan logrado eso. Es muy imponente lo que lograron.

Me quedé observando su mirada, era tan profunda como la oscuridad que comenzaba a
envolver la sala, y, con un leve gesto, o más bien una mueca, comencé un ejercicio de
búsqueda para intentar comprobar su teoría.
Les doy un par de segundos para que ustedes también hagan esa búsqueda en unas cuantas
sinapsis.

Genial, seguro se les han venido varios ejemplos de grupos, bandas, orquestas que
cumplen, en cierta forma o totalmente, el requisito planteado por Clint. Y seguro que las
entidades que, como dije, pueden hacer gala de estar en activo continuo durante veinte
años, evolucionando pero sin cambiar, con variaciones pero sin alteraciones, con el mismo
concepto de los primeros pasos pero explorando cada vez ideas nuevas, son ELEMENTOS
QUE REPRESENTAN CONTRA CULTURALMENTE A UNA SOCIEDAD QUE NO
COMPRA MESMERISMOS VANOS. Son elementos que, desde el entretenimiento y la
integración social de proscritos culturales, crearon un punto en la Historia, con un proyecto
que se supera a sí mismo. Que ya trasciende modas o tiempos, que aseveran que la
modernidad es pasatista. Y los y las artistas que distinguen y consiguen no transar con lo
fácil, aún en momentos donde el hambre se pasea por la alacena, van a figurar,
inexorablemente, como referencias culturales y de militancia, en este caso, por el Tango.
Astillero, por supuesto, es referencia desde todos los ángulos probables y posibles, que no
tiene fisura alguna acerca de lo que asevero.
Astillero, digo, escribo, defino, es algo que ha conseguido entidad propia más allá de sus
integrantes. Y no es sólo porque sus integrantes, desde el trabajo a conciencia y el don de
su oficio, sean profesionales del carajo. Si no porque lo que ellos mismos profesan y buscan
es tan sincero y fuerte que, si prestás la atención suficiente cuando los escuchás, podés
estremecerte con esa energía que te atraviesa. En la historia Argentina muy pocas
agrupaciones culturales o artísticas han conseguido generar semejante ruptura cultural.

Astillero: primer tramo.

Creo que, intentando dejar claro, un poco, lo que representa y moviliza Astillero en quienes
siguen y conocen al grupo, puedo intentar narrar qué ocurre cuando Peralta suelta ese
primer “un, do… tré, va” y comienza “Torque”. El tiempo se detiene, en los primeros
compases y, por un leve instante, la fuerza de la Orquesta, por integración cuántica de
varios planos, diluyen a los presentes y, a medida que el contrabajo sostiene la entrada de
los bandoneones, de nuevo, el universo físico se va poniendo en su sitio. Aunque, luego de
este primer golpe asestado ya nada volverá a ser igual.

Enganchan con “Sitiado”, esa catarata maravillosa del piano que da entrada a unas
interpretaciones muy elevadas, tanto por la partitura que ejecutan, como por la
concentración que requiere la inteligencia del tango al dialogar internamente violín y chelo.
La percusión de Maiocchi es como escuchar un ataúd vacío, alguien que golpea para…
¿salir? ¿entrar? El frenesí que ya se integra en el ambiente sólo ratifica lo increíble que
resultan en directo. Amenazan con calmarse un poco, juegan con el espectador: “Catinga”
es, tal vez, la explicación musical a las mentes que quedaron atrapadas intentando
comprender la teoría de Moebius. O mejor dicho experimentarla. Hay una armoniosa
distonía que apenas respira y te avasalla. Termina este trinomio y Julián Peralta saluda
como si acabara de servir un tecito. El juego de la falta de empatía comercial al poner
nombres a sus obras (en este caso las tres canciones pertenecen al disco “Sin descanso en
Bratislava”), hacen que su grandeza sea aún más certera.

La metafísica de Baires y su perfecta ejecución

Breve intro de la noche y pasan al segundo tramo con el álbum “Tango de ruptura”. Estos
tres tangos en conjunto son una inamovible fuerza que resume algunos de los espacios más
complejos de nuestra existencia. Porque escuchar ahí, a menos de tres metros, “Marfil” es
de una delicadeza extraordinaria. Pero luego presenciar “Reflejo” hace que la piel quiera
escaparse del “ahora” e ingresar a un estado de tiempo donde las sensaciones son todas y
ninguna a la vez. Si bien “Noche random”, como ya dije en la crónica de “Sofía y los
Sueños”, es EL tango más Buenos Aires que se haya creado en ese siglo, “Línea de
Tiempo” está en una profundidad sensorial que acarrea revelaciones soberbias en quienes lo
escuchan en directo. Porque la fuerza de los aplausos, uno que ha estado en muchos
espectáculos, tiene una intensidad superior. El ambiente creado por la orquesta, más cada
una de las interpretaciones de cada músico es lo que convierte a Astillero, en vivo, en una
experiencia que no precisa de efectos tecnológicos de última generación.
Definitivamente: ensayar descripciones sobre Astillero es un esfuerzo agotador, que me ha
arrastrado por esquinas muy claras, y por algunas bastante oscuras. ¿Algunos otros
momentos que superan la literatura? Tengo varios.
“Fetiche”: es la solemne oscuridad del amor en la vigilia por los que ya no están, que la
Generación del 27 ha intentado construir en palabras. Si no me creen: lean a Hernández o
Alberti con este tango de fondo. La suavidad pavorosa con la que Oroc estremece a las
cuerdas de su chelo es de una calidad que debería quedar grabada y registrada en museos.

Genética del arte entre calles grises y viejas muertes.

No encuentro manera clara de explicar la esencia de una música en particular sin recurrir a
Borges. Hay una escena en el cuento “El milagro secreto”, donde ocurre un hecho

fantástico que sumerge al personaje en una situación que le permite existir sin necesidad de
su entorno temporalmente. Pues en el tango “Variación”, convergen infinitas situaciones
que podría describir como anomalías metafísicas. Y no es sólo una sensación personal. He
charlado con decenas de almas acerca de este tango en particular, lo he visto interpretado
por Cuerdas del Plata, acompañada de Peralta y González Calo. He ido rejuntando
pequeños tramos de idearios con otras artistas relacionadas con el ambiente. Y en el preciso
instante donde nombro “Variación” algo, en las pupilas, en la respiración, en el aura, se
modifica por un leve instante. Hay un murmullo, primero, un bufido, después, y una
carencia total de adjetivos porque… quedan cortos.
El denso manto que se va desarrollando con la orquesta acoplada en comprimir la fuerza en
los primeros compases es, escénicamente, inhumano. Luego el acceso a una nota sostenida
en el tiempo del violín, con piano repasando momentos dispares; chelo y contrabajo
comenzando a surcar las melodías con algo más que rabia, pero un toque menos que
violencia, dan el aire exacto para que la dupla de bandoneones comience a crearse como un
tornado que abre un río desbocado en plena sudestada. Entonces ocurre ese milagro secreto,
todas las palabras se desvanecen y no existe otra forma de comunicación más que la
música. Recuerdo la mirada de Clint como perdida. O la de la señorita Winnie (barrabrava
certificada de Astillero), o los enormes ojos verdes de Selser cerrados en la interpretación,
puntualmente, en el último minuto final de este tango y allí es cuando, repito, nada más
existe. Sólo almas mancomunadas que sostienen con agallas la esencia del Tango alrededor
de un fuego que todo lo depura. Algunas religiones llaman “Nirvana” a estos momentos.
Otras metempsicosis. Algunas descripciones podrían acercarse a “delirio colectivo”. Yo lo
sitúo dentro de las descripciones de experiencias que aúnan elementos vitales de toda la
existencia recorrida y resumida, mientras toca Astillero; en un bar, en San Telmo, con un
grupo de gentes que, simplemente, ocurren mientras se vacían las copas. Luego, todo
recrudece, aparece este plano del Universo de nuevo, pagamos la cuenta, y nos saludamos
hasta la próxima noche donde, en secreto, formaremos parte de una llama que no cesa.
Gracias a todas las personas que me dejaron formar parte de esta magia caprichosa.