CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO – Por Sebas Abdala
Mística. Puede que esta sea la palabra que estoy buscando para expresar lo que han
sido los conciertos de presentación de Sofía y los sueños.
Mística para Julián Peralta y su soltura a la hora de escribir músicas, en sus propios
sueños tal vez, para clavar la poca serenidad que Arlt imprime a sus personajes.
Mística para González Calo, y la fiebre que causó en la ejecución potente del
bandoneón, y el gesto adusto que Arlt hubiera aprobado para vestir sus personajes.
Mística, para Pétalo Sélser y Cuerdas del Plata, por aportar esa liviandad angelical y
demoníaca que estas partituras precisan, alivianando la crudeza que Arlt transgredió
en sus personajes.
La apertura con “La sirvienta” pone en vilo al público, esa suave potencia oscura que
ensombrece el auditorio porque, el “crescendo” de los violines y el estertor del
bandoneón, estremecen. De pronto golpe y disparo que te atora el pecho. Entra el
piano y juega un poco a variaciones de estilos. La impredecible noche se abre en la
mente de la pobre muchacha agobiada. Brillante la ejecución, el manejo de la potencia
y el furioso enganche para dejar caer “El demonio”. Otra vez la locura del Tango siendo
el lenguaje que centra la atención del público en un movimiento acompasado con el
esfuerzo de mantener las notas a un ritmo percusivo.
Un poco de aire, partituras revoleadas para que entre “Rocambole”. La arrogancia de
un personaje que se siente superior a las personas que debe asistir en sueños, se
refleja en la expresión corporal de los solos de violín. La intermitencia del contrabajo
gana profundidad y cierta melancolía del que cree todo lo ha tenido, y en verdad no
conoce de nada… O ese es el vaivén que presuponen los cambios de ritmo en la
canción.
Luego, “La reina”… y aquí hago un inciso. El cambio en la atmósfera del disco, con esa
presencia más suave, tal vez, o de una locura de atardecer, donde se frena un poco la
rapidez con la cual un estado de ánimo se desluce. Ver a González Calo viviendo cada
nota, dejando el alma. Con el sudor en su impronta de transmitir la versatilidad que
requiere esta obra. Tanto escrita como con música, y me refiero al diálogo que entabla
con el piano de Peralta, en notas suaves y cadencias de vana esperanza. Luego entran
las cuerdas aportando la luminosidad en el tramo final del tema, es de un valor
artístico de tan alto vuelo que sitia y da un anuncio breve de lo que vendrá.
“El galán” enfrenta varias periferias artísticas, parecen ir los fragmentos en ritmos
diferentes, jugando con ese despiste de arrancar en un estilo amenazante, soñando
con la elevación barrial de una noche suave, y de pronto desperdigar la idea en la
melancolía profunda del sur de Baires. Aquí no hay diálogos, hay tres discursos que se
acompasan. Cuerdas del Plata se luce todo el tiempo, pero en los momentos que sale al frente, es una delicada daga de cristal que penetra hondo. No se calla, no se detiene,
se desvanece… y entran bandoneón y piano. Exquisito.
Aquí va algo de lo más preocupante en mi percepción de la realidad: cuando escuché
por primera vez “Hombre cúbico”, me reí como gesto de admiración. Porque Arlt lo
describe entrando a escena con dificultades para caminar combinando sus formas
geométricas, o así me lo trajo la mente. Al escuchar el comienzo del tema es inevitable
percibir esa presentación por los vaivenes que te suelta la orquesta. Su carácter
ciclotímico explota continuamente, los solos son tan precisos, y los cambios bruscos te
traen a un Piazzolla rebelde y con ganas de ir, siempre, más allá en la química corporal
que un músico debe vivir a la hora de ejecutar esta obra.
447 es una joya de las violinadas jugando en todos los tramos a lo que quieren.
Variaciones y manejo absoluto por parte de Cuerdas del Plata. Orquesta que siempre
me trae metáforas salvajes: en esta canción me llegó la imagen de un santuario de
aves inmensas, blanquecinas y turquesas, de ojos esmeralda que, a plena luz de un
ocaso primaveral, sueltan cantos que son respondidos uno tras otro. En una labor
extrema consiguen hacer un sonido tan concreto y vivo que, estoy seguro, cobra
entidad propia a través de las réplicas del bandoneón.
Una vez, merodeando en mis divagues, se me ocurrió que “Noche random” es el tango
más representativo identitario de nuestra ciudad en este siglo. También se me ocurrió
que no habría forma de mejorarlo. Ok: ponele una decena de violines, y violones
detrás. La divina interpretación de todas esas cuerdas afinadas tan lujosamente que,
otra vez, te cortan la respiración. Ponele sangre y devoción. Ponele el espacio a
González Calo para duplicar su velocidad y su tremendo despliegue. De estar al frente
de escena, moviendo el instrumento como si intentara vaciarlo de notas y melodías.
Ponele a Peralta detrás, entrenado a ser el alma de una obra perfecta que conoce al
milisegundo porque de allí salió. Es increíble la experiencia. Al terminar la ejecución,
mientras aplaudíamos con la fuerza que queríamos devolver a la Orquesta, me di
cuenta de que mis divagues poéticos no son desmesurados.
Luego de este set, en palabras de Peralta, para que no pensemos que era una “estafa”,
se dedicaron a interpretar más músicas que terminaron de redondear una noche
trepidante. Impecable. De arraigo cultural Argento al máximo. Yo estuve ambas
noches, allá lejos, sentado con Damián Cegarra, con quien apenas intercambiamos
miradas, gestos de… algo que no tiene palabras. Un par de veces, al terminar las
músicas, soltamos un “puff” por el despliegue ejecutado del bandoneón.
Mística, decía al principio, la que tienen Peralta, Sélser y González Calo, para enaltecer
al fundador de la literatura realista argentina, Roberto Arlt, a través del Tango.
Agradezco enormemente las deferencias que han tenido los tres conmigo, sobre todo, porque me han transmitido la mística de, por fin, sentir que escribo por mi propia
identidad.