CRÓNICAS DEL TANGO NUEVO – Por Sebas Abdala
Las melancolías nunca son buenas consejeras para decidir qué hacer una sábado a la noche, por eso le pregunté a la sacerdotisa suprema del mundo subterráneo del Tango y me dirigió a un evento plagado de esa magia que Baires puede desplegar en sus propias tripas. Tocaba el Cuarteto Extraordinario con Juan Iriarte como vocalista invitado.
Agarré 20 guitas y me aparecí bastante antes de la hora señalada en el local donde todo iba a ocurrir, me dieron paso con la solemnidad del caso y, mientras las clases de tango seguían, me senté a beber cervezas rojas y ver, las proyecciones desplegadas llenas de, se me antojó en ese momento, sería una noche psicodélica.
El instinto de un redactor lo empuja a analizar todo en un show: previa, pruebas de sonido, predisposición del público y el ambiente que, lentamente, se iba llenando de personas con un objetivo claro: milonguear. Esta última temporada vengo oyendo, leyendo y algún gerundio poco amigable más, acerca de la tanguedad de una ciudad que lucha porque el tango no muera; o que luchan, otros, por matar al tango, haciéndolo un sucedáneo de Brodway y billetes; o lo mucho que las nuevas generaciones perdieron un acervo mal definido. Y me refiero a lo cerca que pican las balas entre un estereotipo de un tipo grande, mayor, repeinado y de traje, certificando SER EL TANGO en sí mismo… A un arquetipo de una ciudad que fue cuna y abrevadero de tantas culturas que, cerca de cien años después, los bisnietos y nietos y etcétera, buscan, infiltrarse, en lugares socialmente cálidos y de contracultura, haciendo una masa de forma espiritualmente identificada con la apertura cultural suficiente, como para haber pasado de largo por todas estas vivisecciones filosóficas que, sábado a la noche, solo representan vaguedades. Mientras que eventos tan ferozmente planteados son, en verdad, la prueba total de que nada ha muerto, salvo la simetría perfecta entre generaciones que, a su modo, siguen reventando las noches con el ímpetu de estar en su sitio.
El lugar estallaba de gente y magia alternativa psicodélica (me reitero) que me hizo sentir plenamente a gusto siendo, por fin, uno más que pasa inadvertido… pero los músicos no. De coloridas y feroces formas, identifiqué a los cuatro extraordinarios, pegados a la barra, esperando su turno de amenizar la velada. El arte auténtico, lo niegue quien lo niegue, se basa también en la proyección de la personalidad que se imbuye en el rol del artista que ejerce el control (o lo pierde y fracasa) de la escena. La complejidad creativa de la representación del cuarteto es, casi, una locura. Me vinieron flashes de conversaciones nocturnas comiendo el techo de mis inseguridades, intentando trazar algún plan que sirva para atraer la calma a la vida… y de pronto una voz amenaza con graznido desalentador “no”. Toda la conversación que ocurre mientras ejecutan el violín, contrabajo, piano y bandoneón, se basa en posturas anfetamínicas, y salto entre distonías que cuadran a la perfección entre los carácteres tan disímiles de la banda. El piano lucía una soberbia y colorida inquietud paranoica, gesticulando y mirando con confusión, muchas veces, a las voces que representaban la lluvia de notas y acordes que lo perseguían. Pero esta confusión era una pérdida de orientación dentro de las imágenes que representa Cuarteto extraordinario, es una acompasada golpiza de sensaciones que evocan con cierta negra ternura, a un Arlt sacando letras febriles de sus delirios. No es que haya contado las copas que la banda ingirió antes del show, cosa que en verdad sería una descortesía y un esfuerzo matemático improbable, pero determinados pasajes me han traído esas luces violáceas de Delirium Tremens, donde los sueños suelen ser menos agobiantes que esas realidades que se conjugan con crueldad entre el hipotálamo y el hígado. La imagen cruda del bandoneón abierto en canal y los brazos en cruz del músico, con una expresión confusa entre la liberación y la ansiedad, fueron una marca personal del grupo. Las variantes del contrabajo son un cambio de ritmo, o de luminosidad y sombra, jugando continuamente con la razón que se sostiene dentro de un arco que dirige la base consolidando el sonido.
La elegancia azul eléctrica del violinista se convirtió en una malla de contención donde los recursos y habilidades de la banda pasaban a velocidades extremas, por una parte, y con una cadenciosa contra base de graves que, a veces, relajaban un poco el ejercicio de jugar con la locura por unos instantes, y dejar paso al próximo vaso, mientras la banda arremete con furia y enojo, en más de un tramo, para quitar la solemnidad del miedo que destelló, al menos en mi viaje particular, y dejarlo que recorra una sala que estuvo aportando luz a esa maquinaria perfectamente aceitada.
Las intervenciones de Juan Iriarte fueron un bálsamo: al fin poner una voz real dentro de todas las afecciones psiquiátricas que los músicos se esforzaron por plasmar sin pavor alguno. Su voz precisa, clara, amoldada a una interpretación que se me antojó breve, abrió otro campo de batalla para seguir persiguiendo fantasmas y amores perdidos, y sumarlo a, más que un concierto, una perfecta exposición, diría, de teatro sinestésico que fue jugando con la voracidad de un público con las ganas todas de pasar un rato por tanta locura.
Un set prolijo, cuidado y ensayado con la profesionalidad de cuatro tipos que juegan con los colores completos de partituras ideadas vaya a saber uno en qué diantres de universo lucífugo y repleto de excentricidades compositivas que les da un contexto donde desplegarlo sin fallo alguno.
Estos son leves detalles meridionales de un tipo que, por desgracia, recién comienza a analizar la influencia del nuevo tango en su cabeza. En un momento me imaginé una milonga cien años atrás… tal vez las luces, tal vez las procacidades políticas, o tal vez otro tipo de ejecución, hubieran sido diferentes: pero no creo, tan distintas en esencia. Un grupo de personas que sale un sábado a bailar, beber algo y, de paso, ponerse en mano de un Cuarteto Extraordinario para jugar con la locura y el reflejo etílico de que, todos y todas sabemos, la Locura nunca juega.